La vida, en ocasiones, transcurre sin previo aviso. Sin tiempo para despedidas ni para cumplir los planes trazados. Este día se confirmó el fallecimiento de Yeison Jiménez, quien perdió la vida a los 34 años, una edad en la que el futuro suele percibirse como inagotable y los proyectos personales aún están en plena construcción.

Su muerte ha generado consternación, no solo por tratarse de una persona joven, sino por lo que representa una partida tan prematura: caminos inconclusos, historias aún por escribirse y sueños que avanzaban con prisa. La noticia ha impactado a quienes lo conocieron y seguido, dejando un profundo sentimiento de vacío.
Más allá del hecho, su ausencia se convierte en un recordatorio contundente de que nada está garantizado. El tiempo no se compra, no se guarda y no se recupera. Cada día es un regalo frágil que puede desaparecer sin advertencia.
El fallecimiento de Yeison Jiménez también deja una reflexión colectiva: la importancia de vivir con intención, de expresar lo que se siente, de valorar a quienes nos rodean y de no postergar los afectos. Porque la vida no anuncia cuándo decide cerrar un capítulo.
Permanecen los recuerdos, las huellas y lo que sembró en quienes coincidieron con él. Y queda una lección silenciosa pero poderosa: la vida no se mide por la cantidad de años, sino por la intensidad con la que se vive y el amor que se deja.
Descanse en paz.



